CINCUENTA AÑOS NO ES NADA

Mientras los asistentes, en pié, aplaudían tras mis palabras pronunciadas en una Conferencia en el Aula Magna de la Universidad de Harvard, venían a mi mente un sin fin de imágenes. Desde mi despido en aquella empresa en la que “lo dí todo”; la depresión posterior; mi casual y crucial encuentro con Esther; aquel préstamo del Banco; la apertura de mi primera tienda; el Premio de Empresario del Año, …

El Rector de la Universidad hizo que esa película de una parte de mi vida se detuviera, cuando, apoyando su mano izquierda sobre mi hombro, me extendía la derecha en señal de saludo, expresándome -en inglés, por supuesto- sus “congratulations” por mi intervención.

Disculpen mi mala educación. Me imagino, queridos amigos, habrán pensado quién es este arrogante y presuntuoso ser. Pues, sinceramente, como tendrán la oportunidad de comprobar, creo que nadie del otro mundo. No soy sino una persona que, cuando cumplió los cincuenta años, a los ojos de mis jefes se convirtió, perdonen la expresión, en una “persona vieja”.

Me sigo enrollando, y todavía no me he presentado. Nuevamente ruego me disculpen. Mi nombre es Manuel Singér, y desde que nací hasta el día de hoy han transcurrido exactamente 65 años. Presidente y Fundador de “Qué Te Zurzan”, una empresa dedicada a la realización de composturas y arreglos de prendas de vestir, con más de 250 tiendas en España y casi un centenar en el extranjero.

Hoy, 7 de Febrero de 2011, además de mi cumpleaños, es un día extraordinariamente especial. Un día de sentimientos encontrados. De tristeza, por mi jubilación. De emoción, por mi homenaje. De alegría, por mi sucesión. Sí, a partir de mañana no acudiré, como cada día, a mi despacho. Habrá un enorme cuadro al óleo con la imagen del Fundador de la empresa en la Sala de Juntas; y mi hijo mayor, José Singér, será el nuevo Presidente.

Todo comenzó hace veinte años. Concretamente, cómo se me va a olvidar, el jueves 7 de Febrero de 1991. Como todos los días, tras mi habitual desayuno, compuesto de café con leche y dos magdalenas de la “Bella de Easo”, me dispuse a vestirme. Mi habitual traje gris –sólo tenía uno más de color azul-, mi habitual camisa “beige” –solo tenía una más de color blanco-, mi habitual corbata granate -sólo tenía otra más de color verde- y un par de zapatos negros de cordones –no, lo siento, no tenía otros de color marrón-. Un “chorrito” de Álvarez Gómez, mi abrigo, mi sombrero, mi bufanda, y listo para un nuevo día de trabajo.

Tras más de tres cuartos de hora de trayecto, el autobús me dejó en la parada que había justo a la puerta del edificio donde se encontraba mi oficina, situada en la octava planta de un edificio de la calle de Alcalá. Una empresa de venta de artículos para el hogar, una de cuyas divisiones, en la que yo trabajaba, consistía en la venta a domicilio de máquinas de coser.

Un negocio, en su día próspero, cuando había una máquina de coser en cada casa, pero que de cinco años “para acá” iba de mal en peor. Prueba de ello, es que ya el año pasado solo fui capaz de vender dos máquinas. Así, mi labor actual no consistía sino en visitar, visitar y visitar; no vender, no vender y no vender; y entre visita y no venta, atender pedidos de piezas e incidencias de averías. De hecho, era un rumor permanente que mi división iba a ser eliminada.

Por aquel entonces, la Dirección, consciente que la venta a domicilio en general, y de máquinas de coser en particular, venía tocando a su fin, tomó la decisión de abrir una nueva división de venta de ordenadores portátiles a empresas, de una marca con logo en forma de manzana que, hábilmente, nuestra compañía había conseguido la exclusiva en España.

Según decían, el negocio iba viento en popa, y esta división necesitaba nuevos comerciales. Sin embargo, inexplicablemente, a pesar de mi experiencia, de mis más de 25 años de servicio a la empresa, y de formar parte de una división en caída libre, nadie se había dirigido a mí para que me incorporara al departamento comercial de la nueva y exitosa línea de negocio.

Ese día, 7 de febrero, cuando me disponía, ya incorporado a mi puesto de trabajo, a revisar la ruta de visitas a domicilio de la jornada, sonó la línea interna de mi teléfono, y al otro lado la voz de la secretaria del director de recursos humanos:

–Rostro Pálido- que era así como me llamaban mis compañeros, adivinarán que no precisamente por mi moreno marbellí -el “principito”- que era así como le llamaban dada su corta edad, 26 años, y sus aires de grandeza-, quiere hablar contigo”.

En aquel momento pensé que mi espíritu de sacrificio, mi entrega sin cuartel y mi vigoroso compromiso con la empresa había valido la pena. Que, por fin, pasaría a formar parte del selecto equipo de vendedores de portátiles.

Ya me veía haciendo entrada en consultoras, en bufetes de abogados y en agencias de publicidad presentando el no va más de esos pequeños ordenadores. Suculentas comisiones mensuales. Generosos “bonus” anuales. Cancelación de la hipoteca de mi apartamento en Denia. Coche nuevo. Aquel, sin lugar a dudas, iba a ser mi día.

No obstante, la cara de “el principito”, no proyectaba buenas noticias, más bien al contrario. Su aspecto era serio y la mirada de sus ojos apuntaba directamente hacia el suelo.

“Siéntese Señor Singér. Como bien sabe nuestra división de venta a domicilio de máquinas de coser se encuentra a la deriva y a punto de encallar. Desgraciadamente, su edad hace imposible su adaptación e incorporación, como hubiera sido nuestro deseo, a la nueva división de venta de ordenadores portátiles. Esto es muy duro para mí, pero le debo trasladar que nos vemos en la dolorosa obligación de proceder a su despido.”

A partir de aquel día el mundo se me vino encima. Al principio, asistí a numerosas entrevistas. Y en todas, siempre la misma, aunque con palabras más rebuscadas y elegantes, respuesta: “Es usted muy mayor, buscamos gente más joven”. Caí en la más profunda de las depresiones. Dejé de asistir a entrevistas. Pasaba casi todo el día sin apenas levantarme de la cama, sólo para comer sin apetito; y las conversaciones con mi mujer y mis hijos se limitaban a meras contestaciones con monosílabos.

Cuando llevaba ya más de tres meses sin pisar la calle, aquello que conocemos como “sellar el paro” me obligó a salir. De vuelta a casa, alguien me toca la espalda, me doy la vuelta, y observo una cara que me suena. Era Esther, una profesora de técnicas de venta que impartía clases en mi antigua empresa. Una persona inteligente, comunicativa, docente de vocación y, por qué no decirlo, de una belleza extraordinaria.

Cuando le conté mi historia y mi estado de ánimo actual, se ofreció a ayudarme a través de una técnica denominada “coaching”. Para los que no lo sepan la definición del coaching es la siguiente: “dirigir, instruir y entrenar a una persona con el objetivo de conseguir alguna meta o de desarrollar habilidades especificas”. Muy a mi pesar, y tras mucho insistir por su parte, acepté su amable y desinteresado ofrecimiento.

Celebrábamos nuestras sesiones todos los lunes por la tarde, durante cerca de dos horas. En la primera consiguió arrancarme mi primera sonrisa en varios meses. Tras la segunda, las conversaciones con mi mujer y mis hijos dejaron de consistir en respuestas monosilábicas. En la tercera, me convenció que había en mí un espíritu aventurero y emprendedor. En la cuarta me animó a crear mi propia empresa. Y en la quinta a generar la idea de la que hoy es la principal compañía del mundo en arreglos y composturas de prendas de vestir. Actualmente, Esther es su Directora de Recursos Humanos. Una empresa que en honor a mis jefes denominé “Qué Te Zurzan”.

Analicé las razones que habían llevado a la caída de las ventas de máquinas de coser a domicilio, llegando a la conclusión que las nuevas generaciones no fueron instruidas en el arte de coser, y las que lo fueron, quizás no disponían de tiempo suficiente que dedicar a tan compleja labor. “¿Por qué no entonces, -pensé-, abrir una tienda de arreglos y composturas dirigida a aquellas personas que ó no saben ó no tienen tiempo?”. Y, dicho y hecho, me puse manos a la obra.

Mi hijo Pepillo, a partir de mañana Don José Singér, por aquel entonces recién terminada la carrera de empresariales, y víctima, como su padre, del desempleo, me ayudó con el Plan de Negocio, y una serie de cosas muy raras: el análisis DAFO, las cinco fuerzas de Porter, la cadena de valor, …

Necesitaríamos para empezar cuatro millones de pesetas, que nos concedió un banco, cuyo nombre me permito no citar, ya que ahora trabajamos con un total de diez y no quiero que ninguno se me enfade. Empezaríamos con una pequeña tienda en nuestro Barrio, con dos empleados encargados de realizar las composturas y arreglos. Mi mujer y yo nos complementaríamos en el mostrador, atendiendo a los clientes, en la realización de pedidos a proveedores, en la “llevanza” de las cuentas,   …

Tras la primera tienda, vino la segunda, y la tercera, y la cuarta, … Y luego la creación de la franquicia de Inglaterra, Alemania, Estados Unidos, … Una entrevista en el Diario Expansión. Un reportaje en la Revista Emprendedores. En 2002 fui elegido Empresario del Año por el Instituto Emprende. Y, en la actualidad, “Qué Te Zurzan” se estudia en las principales escuelas de negocio del mundo como un caso de éxito.

Y cuando me preguntan, cuál ha sido la clave de nuestro éxito, siempre, con orgullo y emoción, respondo lo mismo: Que para formar parte de la plantilla de nuestra empresa tienes que ser un joven mayor de cincuenta años”. 

A aquellos que se resisten a creer que la edad es una barrera para el éxito.